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Uploaded 17 aprile 2017

Recorded aprile 2017

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509,03 km

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vicino Gómez Rodríguez, Santander (Republic of Colombia)

Día Primero
Bucaramanga, Floridablanca, Girón y Zapatoca en bicicleta

Se desencadena la inercia de la historia y me permite por fin hacer un viaje en el corazón de la tierra de mi padre, abuelo y bisabuelo, mi propia tierra santandereana, la cual ansiaba saborear con cada paso, cada mirada y cada vuelta a los pedales. Quería emprender caminos y paisajes siempre imaginados pero jamás vistos, aquellos por los cuales mis ancestros han dejado su huella con su oficio arriero en los caminos de herradura, desde la villa de San Gil, hasta Santa Fe.

La tarde de ese domingo de ramos llegaba y yo aún no me iba, estando en un tedioso centro comercial de Bucaramanga, para luego del almuerzo, vestirme de aquel afán que se asoma por no hacer las cosas a tiempo, por aplazar la cita con el esquivo Morfeo la noche anterior, por llegar tarde y no dejar todo en su lugar para zarpar. Siempre lo que más cuesta es el primer paso, es el más dispendioso, pero si se quiere, será el primero de un millón. (Proverbio Chino)

Me harto de ese afán que siempre al final, frena y la hermosa ansiedad, aquella de las buenas, llega sin tocar la puerta y le echa a patadas. Ya estoy pedaleando, saliendo de Bucaramanga y entrando a Girón, con un tráfico voluptuoso y por aquella vía que sería el inicio de uno de las mejores aventuras de mi vida, hace ya casi tres años, el Sueño Septentrional. https://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=10182019 Bañado en una llovizna dulce, que me resguarda del calor, atravieso Girón, lo más hábil que puedo, para encontrarme con una arenosa y pendiente vía, que me llevaría paralela a su río.

Ya río arriba, la basura de las aguas se cambia por las garzas y pequeños insectos, vegetación y trasparencia, que adornan hasta donde pueden, aquel cause que kilómetros más al norte, cae en desgracia, la desgracia humana. Llego a Chocoa y el dulce de una jugosa piña, invade el paladar acribillando esa sed que ni con locura se espantaba. Lo que seguía, era uno de los descensos más emocionantes, con el paisaje más increíble, como si el cañón con su vía serpenteante, poco a poco me devorase, hasta sus más ocultas entrañas. Allí en el puente que divide aquel paisaje, me esperaba quien me acompañaría los días que siguen y me daría su valiosa presencia para así, conocer mejor estos parajes, nuevos a mi vista.


El Profesor Hernando Díaz Plata, gran ser humano, guía, maestro y causante de miles de carcajadas con las anécdotas e historias. No se siente casi el ascenso en la otra cara del cañón, ni el arribo de la penunmbral noche, ni la canícula de aquel paraje en el Río Sogamoso. Aquella carretera era impresionante y reptaba en las montañas, intentando dominarlas, pero ellas son inmensas, omnipresentes y sólo la fuerza de aquel Río con las aguas de muchos otros, que desde varias latitudes tributaban, quebraban profundamente las amigas cordilleras, que sin besar su cima no podríamos llegar a casa.

La noche ya madura y el camino eterno se aliaba con mi fatiga. Aquel acompañante alegre no sabía que era el cansancio, como en el resto de travesía y luego de mostrarme lugares donde ciclistas infartaban y otros como el Lavapatas, donde los arrieros se bañaban, para entrar libres de barro, al empedrado de la Villa del Clima de Seda; llegamos a ella entre un silencio sepulcral que se cortaba por momentos por la respiración agitada. Lo que venía era el descanso en aquel hermoso pueblo colonial.


Día de descanso

Zapatoca, Mirador y Cementerio Indígena Guane, Betulia en automóvil.

Zapatoca es conocida, como la villa del clima de seda y no es para menos, pues dejando atrás aquellos parajes caniculares, la piel descansa en caricias con las brisas y la tibieza de sus calles empedradas. Su iglesia que cuenta con reliquias como su reloj, hecho en Londres, tal cual como hicieron el Big Ben, o los múltiples iconos sacros, daban bienvenida a este hermoso poblado colonial. Con su bella novia y también ciclista Ingrid, hemos recorrido palmo a palmo su ciudad, desconocida hasta ese día para mí. También me hubiese gustado una caminata con los amigos caninos que como niños jugaban y hasta me saludaban con sus colas y sus miradas, pero aquella travesía con ellos, por tiempo, quedó en los anaqueles de lo pendiente.
En la periferia de Zapatoca, se encuentra el majestuoso Mirador de Los Guanes, desde donde se aprecia gran parte del paisaje santandereano y el alcance de la mirada, se pierde en el infinito, donde fácilmente se aprecia el nevado del Cocuy, quien también se mostraba desde las alturas de Ocetá dos meses atrás, como si me estuviese llamando, o los grandes cañones santandereanos, como los del Saravita, Topocoro y Chicamocha, los páramos de Berlín y Almorzadero y aún más evidentes, como cicatrices, cortando el siempre presente verde y rojo de la tierra, los pueblitos a lo lejos, que no eran pocos.

Tanto así que desde allí, planeábamos la ruta de los próximos días, con el dedo recorríamos las vías lejanas de una latitud a la otra, Villanueva, Jordán, Los Santos, Socorro, todo visto desde tales alturas, todo como una maqueta de Dios sólo para nosotros y nuestro viaje. Dejamos el hermoso balcón que nos dejó divisar tierras que ni en un mes completo serían recorridas en bicicleta y Betulia, aparecía en los planes, donde sus nubes traviesas, que ascendían la montaña, pasaban frente a nosotros y descendían más adelante, por el otro lado de la montaña, daban el apodo de "traga nubes" a sus hijos. Aquellas nubes que jugando a viajar, dejaban en evidencia su tedio por permanecer en un solo lugar.

Betulia no decepciona con su iglesia de interior al revés, el mirador del cañón del Topocoro, la preciosa Calle del Caracol, que ya anhelaba conocer desde tiempos pasados, su parque principal y las tortas de queso que visten de alegría al paladar, haciendo en conjunto de este lugar, simplemente entrañable, sencillo y acogedor. Luego con mi gran amigo "El Profe" hemos emprendido huida hacia el Cementerio Guane, que resguarda parte de los secretos de los ancestros, esclavizados y exterminados por la mano asesina colonizadora. Sus tumbas cuentan qué en la profundidad de la madre tierra, los que emprendían el viaje de la muerte, se debían ir con el avituallamiento necesario, para tener una travesía sin demasiadas carencias. Eran fosas en forma de L que luego se cubrían con alimentos, tierra y un tapiz de roca que se cubría con un quiosco.

El entorno natural de este lugar era increíblemente hermoso, los seres de bambú que danzaban con el viento, las aves, en su mayoría Quinchitas o Colibríes, que zumbaban al pasar, delatando su veloz y efímera presencia y la neblina que jugaba entre los altos cactus, sí, cactus suculentas en aquel paisaje de fría y alta montaña, que se desbarrancaba en un abismo gigantesco, metros adelante y que se convertía en uno de los tantos cañones hechos por la madre agua en sus viajes apuñalando las montañas. No se podía ver mucho desde allí, por la cortina de la niebla espesa, pero era la parte alta de una cascada que al final sólo quiere besar el suelo más abajo, aunque desde el otro lado del cañón en una pared aún más alta, horas después, podríamos disfrutar del más lejano y grande cañón del Topocoro y de aquella misma cascada; también parte de las luces de la ciudad de Bucaramanga y pueblitos como Santa Bárbara, Piedecuesta, Girón y Florida. Fue la mejor manera de terminar aquel día, en un mirador de bosque de pinos, con el cielo atestado de caprichosos arreboles, antesala del resto de la aventura por Santander, que sería mucho más agotadora, pero igual de intensa y gratificante.


Día Tercero

Barichara, Guane, Zapatoca, por el camino indígena, a píe.

El día anterior deja en el olvido las huellas de la fatiga de los primeros kilómetros, emprendiendo muy temprano el viaje hacia Guane, corregimiento de Barichara, por donde pasaba el legendario Camino de Lengerke, nombrado así por el ingeniero alemán que desde el Reino de Hanover, hoy Alemania, llega a Santander a mediados del siglo XIX, emprendiendo una aventura comercial y cultural, para ese entonces vista con el catalejo de la locura, con importaciones y la exportación de la Quinua, planta sagrada de los pueblos originarios de América, qué meses después veía crecer milagrosamente con hermosos colores, abriéndose paso entre las ruinas de las casas de los ancestros de los pueblos indígenas Muyscas en el inmenso lomo de Zhuba (Suba) de aquel monstruo llamado Bogotá.

Aquella gran obra perfeccionada por el buen hombre recordado con difamaciones por la gente que viste las prendas de la ignorancia y por otros con amor, agradecimiento y nostalgia por hacer más posibles, los caminos que perfecciona para llegar al Río Magdalena, dando paso a lo que pare la madre tierra de Santander al resto de Colombia y los viejos mundos (Europa y Asia menor). Dejó incalculable legado de infraestructura con sus haciendas y el empedrado de caminos indígenas Guane y humana, con su ejemplo de emprendimiento, cultura y buenos cimientos económicos que al parecer se esfumaron en otras manos de estas tierras conformistas no creyentes de imposibles sacrilegios. Sí se viaja por estas regiones, hombres y mujeres de alta talla y ojos azules, saludan amablemente en los caminos, recordando a todos aquellos ancestros suyos, que han venido de las tierras de los Teutones, en aquellos tiempos.

Aquel hermoso camino, es una estela que circunda las montañas, a veces cercada de la misma roca con la que se tapizaba esta hermosa y en partes olvidada ruta para herradura, que resiste a morir con el paso de los siglos. Me sentí como en la Muralla China cuando por momentos, veía aquellas grandes piedras apiladas y pensaba, cuántas vidas no se han ofrendado, por este camino que ya existía con el paso de los pueblos aborígenes, cuantas espaldas maltrechas por el absurdo peso, cuantas lágrimas, sudor y sangre de los mismos indígenas, que antes alegres le cruzaban para el trueque con hermanos de otras tribus distantes, al otro lado de la cordillera; cuanto sufrimiento y trabajo en pro del comercio o la comunicación de todas estas accidentadas latitudes. Para el hombre de aquellos tiempos, morir en el trabajo o en la guerra, era un honor que hoy, en esta sociedad que intenta el menor esfuerzo y vivir entre algodones, no comprende.

Aquella senda se abría paso desde la última calle de Guane y mi compañero de lucha, el buen profesor de música y química, también recordaba la historia y apelaba a su devoción, impulsándose a elevar una plegaria en la que invoca con generoso agradecer a dichas almas que allí sufrieron, por hacer tangible este camino real, autopista del pasado, donde la misivas de románticos remitentes, donde las noticias de tierras lejanas, los productos y el comercio, llegaban y se iban más rápido a destino de lo previsto, porque ya el barro o las Guasábaras no hacían sufribles, aquellos recorridos.

Descendemos poco a poco los caminantes para encontrar ese pasado, buscando el bramar del salvaje y poderoso Saravita, para subir la otra cara del cañón, que con el clima, qué ese día no era tan fuerte, en perfecto paisaje salpicado de cactus, punzantes Guasábaras que sí una espina de ellas, besa la carne, la arranca, dejando secuelas que le dan una nueva semántica a la palabra dolor y Cactus Chicamosiae, endémicos de aquellos parajes, que simulan un ponqué de vainilla decorado con frutos rojos en altura.

Las ruinas del antiguo puente, de las casas de paso y descanso, la nulidad presencial de otras personas, las cabras que aparecen y desaparecen como espantos, la dura y cruenta furia del sol, hace que en menos de ocho kilómetros mi ánimo decaiga y me sienta débil para continuar, pero ¿Qué retorno hay aquí? si estábamos descendiendo, ¿Cómo será el ascenso en este imponente cañón? La voluntad se ve retada en un duelo con el clima, la pendiente del camino, la soledad del lugar y recordé con quién estaba, un ser humano fuerte y valiente que sin importar su estado de salud, toma fortaleza que le da el “yo sí puedo” y aquello lo transmite con humor, inspiración, resiliencia y optimismo inconmensurables.

-Compañía, ¿Cómo estamos?
-¡Mejor, mucho mejor!
Este camino enseña lo mismo que todos los difíciles, simplemente hay que luchar para alcanzar el destino final, pero al mismo tiempo se debe aprender e incluso disfrutar de cada ápice del mismo. Ya dejando atrás el fondo del cañón del Saravita, el camino se disfraza de pendientes escaleras, se viste de hojarasca seca, con las coloridas flores silvestres e incluso se pierde en los cultivos y pastos de tierras más altas. Los portales de piedra anunciaban la llegada a pequeñas estaciones de descanso, ya en ruina absoluta, para que el arriero aventurero y sus bestias, disfrazaran su sed con el guarapo o con aguas reposadas de la escasa lluvia, que aguardaba por ellos en piedras cóncavas talladas para ese fin.

La magia del camino de herradura, hace qué sin casi dar cuenta de ello, el escenario cambie poco a poco. La vegetación, la frondosidad de los árboles que cada vez más se acercan a las nubes, la brisa que no se atrevía a llegar al fondo del cañón, ahora se paseaba libre, los seres alados, se escuchan con más frecuencia kilómetros arriba y se pasa de admirar los intimidantes cactus a respirar la fragancia de un bosque de eucaliptos, mientras se endulza la vista con las orquídeas y guayacanes, que dejan una estela de recuerdos en la tierra que les da vida.

Luego de casi diez horas de caminar, de sufrir y disfrutar al mismo tiempo, de invocar a la historia y sentir la energía de aquella senda empedrada, llegamos a Zapatoca, que nos saludaba con sus calles y casitas coloniales, su clima agradable y su belleza omnipresente. Hemos culminado con éxito una fracción del camino de Lengerke y ahora me siento más completo, más capaz y más fuerte para el resto, pues todos los miedos y cansancios, fueron vencidos. De lo único que me he propuesto y no logré, fue que al final del camino a píe desde Guane a Zapatoca, el cansancio no me dio permiso para visitar la tumba del ilustre amigo alemán que fue artífice con todos sus hombres, que dignificaban sus antiguas culpas y penas con tan dura empresa, del empedrado de aquel camino que ya los hermanos mayores Guanes habían labrado, mucho tiempo atrás.


Día Cuarto

Zapatoca, La Fuente, Galán, Guane, Barichara, San Gil en bicicleta.

Dulce lluvia desde la madrugada, hace que la vía se ponga más esquiva. Sin embargo procuramos ignorar todo aquello y esperar a que el Astro Rey saliera para orear la carretera y emprender camino. Bendito descenso de Zapatoca a Galán, para en la fuente disfrutar de un almuerzo y del optimismo del “Profe” que hasta ese día me acompañaría en la ruta. La iglesia de Galán no deja de sorprenderme, pues en su interior reposan las vides más dulces, en una de sus naves. Son pocos los tramos de paisaje que no dejan boquiabierto el gusto y feliz el espíritu, pasando entre haciendas, cuerpos de agua, planicies ganaderas y frondosos tramos salpicados de bosque tropical andino, sin importar que el barro de cálidos tonos, en ocasiones, hiciera tambalear nuestros navíos.

Al llegar a Guane, el mismo lugar que daba inicio al camino de ayer, comienza el final de mis rutas acompañado por este gran y noble ser humano que luce su hospitalidad, su sabiduría y su paciencia como pocos en este mundo, del cual aprendí, que de esa manera quisiera vivir algún día, en el optimismo y la alegría por compañeras inseparables, además de su linda novia Ingrid; la bicicleta le salva su vida y le mantiene en ella pero de la mejor manera, dejando el legado del buen ejemplo, con sus alumnos, su familia y sus amigos. Ya descendiendo en una tarde agonizante y lluviosa, las montañas de Barichara, me encuentro solo en la ruta, evocando todo lo vivido y lo aprendido en días intensos y cargados de indelebles experiencias disfrutadas por la buena amistad y la magnética curiosidad que me mueve siempre a nuevas aventuras. Esa noche, tendría la fortuna de dormir en la hermosa y colonial villa de San Gil.

Día Quinto

San Gil, Villanueva y Jordán en bicicleta

Disfrutaba de San Gil, su catedral, su parque atiborrado de gentes propias y aún más de foráneos, el sol, las calles empedradas y las mandarinadas, ignorando al ser que siempre tortura con sus brazos que giran y giran restregando aquel invento en la cara llamado ¨Tiempo¨ . Compro toda la fruta que puedo, como si se escuchara la galopante cercanía de los jinetes del Apocalipsis y una vez más, así como días atrás, salgo poco antes de la mitad del día y emprendo en pavimentada vía un ascenso mortificante que poco a poco se burla de mi fuerza hasta llegar a Villanueva, que kilómetros atrás, se veía tan cercana, enmarcada en las montañas. Algunas familias desde sus carros, saludan y dan ánimo, pero ni eso me calma la rabia, conmigo mismo, por escoger tan mal la hora de izar las velas en aquella soleada jornada.

El poblado de Villanueva, hace presencia más hermoso de lo que pensaba, su parque y su iglesia, encantan y se hace digno este lugar para un plato de cabro santandereano, mute y Arepa Cariseca, qué darían fuerzas para los escasos catorce kilómetros que me separan de mi próxima y esperada estación. Cuando termino el festín, pregunto a la gente qué me dice que el próximo poblado es muy lejano, que en horas de la noche he de llegar, pero no comprendo el motivo, si en mis mapas la ruta no me dicta más de quince kilómetros, que desde las dos de la tarde, me tomarían máximo un par de horas en un gran descenso.

Llego a la virgen qué saluda a los que llegan, pero a mí me despide, por salir de Villanueva y allí comprendo la causa del afán de todo paisano al que me contestaba qué mi destino no era cercano. Es una intersección de dos caminos, el primero, de catorce kilómetros que dictaba el mapa como el más cercano para llegar al destino que aguardaba para que allí pasara esa noche, a mi izquierda y a mi derecha, una vía qué daba una increíble vuelta de casi sesenta kilómetros y que incluso salía a la vía central hacia Bucaramanga, aunque al final llegaría también al poblado con menor nivel del mar de todo Santander.

Cuando veo a mi izquierda lo entiendo todo, pues aquel camino corto que se mostraba como una carretera normal, no era más que una escalinata de piedra, tal cual como el camino ya recorrido a píe de Lengerke, entre Guane y Zapatoca, sí es que este camino no es el mismo y también pasa por aquí. No podría ir en bicicleta, a menos que la lleve sobre los hombros. No tuve más opción que pararme en los pedales y comenzar la travesía, que poco más de sesenta kilómetros me permitiría llegar a un merecido descanso en un lugar ya elegido. Esta broma del viaje, que ya me hacía pedalear de noche, se compensaría con los paisajes más espectaculares de toda esta travesía por Santander y un atardecer de los más increíbles de mi vida, sobre las paredes del cañón del Chicamocha, donde se sentía la inmensidad de la naturaleza, que absorbía los sentidos.

Me detengo a contemplar el cañón mientras la luz anaranjada y agonizante le bañaba y a lo lejos, se escucha un bramido extraño que se repetía copiosamente y su eco se estrellaba una y otra vez en cada pared labrada por el río, lo que me hace detener y me deja perplejo, pues sonaba a carcajada de espanto que se pausaba, dando paso al silencio que era aún más aterrador. Atrás queda la amabilidad del dueño de una finca de alta caballería, las granjas de aves y el sonriente campesino que eventualmente dejaba un "adiós, qué le vaya bonito" en el camino descendente qué devora mis frenos y los hace ausentes, poco después. Cuando el minutero baila varias veces en torno a ese demoniaco círculo llamado reloj, por fin pasa alguien y contesta mi pregunta con una sola palabra, "Micos" y se va como sí le hubiese preguntado a un feligrés sí creyera en Dios. Ya cuando la noche me traga y me deja sin vista, perdiéndome el fondo de aquel paisaje dejado atrás, con fincas de tabaco, nísperos y cacao, llego al pueblito más pequeño y más bajo sobre el nivel del mar de la tierra santandereana, llamado Jordán, es un municipio que cuenta con poco más de quince casitas blancas, algunas impregnadas por las ruinas del paso del tiempo y la soledad, las otras por familias que aman la tranquilidad y los acordes del río Chicamocha.

Aquella noche de jueves santo, sólo deja abierta la iglesia del pueblo, cerrando las únicas dos tiendas y la pequeña posada qué con sus cuatro habitaciones, recibe a los escasos turistas que allí bajan. Espero sentado en la última banca al término de la misa y viéndome todos al pasar, con alto examen de extrañeza, se acerca una señora y me afirma que sólo queda una habitación en la posada y sin saludarle ni presentarme, le esbozo un desesperado, yo la tomo ya. El calor era insoportable y esa era una noche de lloviznas y cortes de luz, pero me agradó estar en este lugar que transporta al pasado. Cierro la puerta de madera caoba que da a la calle y escucho unos caballos pasar con su arriero luciendo un viejo sombrero blanco, casi a media noche; al otro día le pregunto a la amable señora y me contesta que "Es un señor que sube por el camino de Lengerke a Los Santos", ascendiendo la pared norte del cañón, con una inclinación de vértigo y bajando en la noche cuando vende todo el níspero que lleva o cuando termina de beberse allí sus guarapos. Terminaba este día aplaudiendo a los virtuosos zancudos y cerrando los ojos exhausto, pero feliz.

Día Sexto

¿Cómo salgo de aquí, sí la única vía es por la que entré y con esa gran pendiente? ¿Cómo me voy sí la lluvia, reviste al ascendente y duro camino de un barro imposible? La procesión de catorce personas, contando al sacerdote, es lo último que veo del pueblito que se varó en el pasado y no tengo más remedio que subirme al camión de frutas que va a San Gil, deseando que tampoco se vare en ese difícil trayecto de ascenso. Escondido entre los tesoros que de esta tierra brotan, como limones, nísperos, mangos, mamoncillos y tabaco, me refugio y de vez en cuando veo con gran masoquismo el vaivén del camión que asciende la montaña con dificultad por el barro y a la espalda el eterno abismo que nos espera, si aquel vehículo se queda sin fuerza y se vaya hacia atrás. Nos detenemos pues el conductor deseaba comer algo y me invita a un pescado sacado del Chicamocha, con un sabor inverosímil. Al poco tiempo llega un señor muy humilde y me regala unos kilos de pescado, recién sustraído de las redes que se extienden desde una canoa, en lo ancho de aquel hermoso y emblemático río. En Curití hay un control policial y el conductor me pide que me baje. No me queda otra que armar mi bicicleta y llegar después de escasos tres kilómetros a la finca de los padres de Albita, la esposa de mi hermano, quienes me reciben con amabilidad y la sonrisa de mis sobrinas, hacen que aquel trajinado día sin pedalear, ya no fuese aburrido

Séptimo Día...(La historia continúa en los comentarios de abajo)
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Fin de las escaleras
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Chicamocha
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Puente sobre el Río Chicmocha e inicio de camino a Los santos
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Cruzando el Saravita una vez más
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La llanita
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Entrada a Chima Santander
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Primera vista de Chima
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Chima Santander, Tierra de Ancestros
  • Foto di Vda Palencia
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Vda Palemcia

18 commenti

  • Foto di Oscar Upegui

    Oscar Upegui 1-mag-2017

    Bonitas esas curvas de esos Geranios, digo los colores. https://es.wikiloc.com/rutas-outdoor/travesia-por-santander-provincias-de-soto-mares-guanenta-y-comunera-abril-de-2017-17283628#wp-17283630/photo-10880862

  • Foto di Oscar Upegui

    Oscar Upegui 1-mag-2017

    Que buena Travesía DXMARIUS, buenas fotos y buenos parajes para visitar, Excelente, Felicitaciones Compañero.

  • Foto di Elvis.

    Elvis. 2-mag-2017

    Y sobre todo de los chistes del profe. Jijijijijijiji

  • Foto di protoentomon

    protoentomon 18-giu-2017

    Euchroma gigantea (Linnaeus, 1758) buena fotografia! https://es.wikiloc.com/rutas-outdoor/travesia-por-santander-provincias-de-soto-mares-guanenta-y-comunera-abril-de-2017-17283628#wp-17283674/photo-10880990

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 18-giu-2017

    Gracias por el dato. https://es.wikiloc.com/rutas-outdoor/travesia-por-santander-provincias-de-soto-mares-guanenta-y-comunera-abril-de-2017-17283628#wp-17283674/photo-10880990

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 11-nov-2017

    Día Séptimo.

    Curití, San Gil, Pinchote, Socorro, Simacota y Chima Santander en bicicleta.

    Uno de los días más esperados, por todo lo que estaba por conocer, era este último. Me despido de mi familia con el amanecer y ya después, kilómetros abajo, por aquella bonita bondad y licencia de madrugar, puedo hacer desvío un poco de mi curso para conocer el pequeño pero pintoresco paraje de Pinchote, siendo un hermoso parque, que se adorna con una cabaña, una agradable fuente donde llegan muchos pájaros y una bonita iglesia colonial en piedra, lo mejor de este municipio, visto por primera vez.

    Luego de un suave transcurrir por la carretera principal, llego al Socorro y repito el ritual de todos los pueblos, permitiendo que su catedral me acoja en su interior y allí ya comenzaba a sentir el pasado, como visitando lugares y épocas en las que yo aún ni existía, pero imaginaba a mi querida abuela María Martínez o mi bisabuelo Resurrección Martínez, sintiendo allí más fuerte su fe para afrontar las tal vez difíciles circunstancias de aquel paisaje del pasado donde ellos vivieron.

    Luego el medio día me sorprende en el Socorro y otro lugar mágico que adoré desde ese día, hace presencia en mi camino y me saluda, no siendo otro que la plaza de mercado. No es más que un edificio viejo lleno de gente y atiborrado de todo tipo de productos del campo, para algunos, pero para mí es la acuarela de un pintor, el arcoíris mismo, por la danza de colores, aromas y sonidos de la gente que pulula y se gana la vida entre tanto color. Nada más hermoso para mí, que disfrutar oliendo, escuchando, comiendo y por supuesto, sintiendo un lugar más en los que mi querido ancestro arriero Resurrección Martínez, abuelo de mi padre, pudo haber estado.

    El descenso me refresca el alma y de nuevo siento la música del Río Saravita, que me anuncia una pequeña travesía en los rayos solares de la tarde por las faldas de las serranías de Los Yariguíes y Cobardes. Dejando el río kilómetros atrás y después de ascender disfrutando de la sombra de los grandes urapanes, Robles y los colores de la Pitcairnia Petraea, que es originaria de allí, me encuentro con la decimoquinta parroquia de este viaje, llamada hace siglos Camacota, hoy Simacota, haciendo alusión a los cultivos de los nativos en las escarpadas montañas, cuyos dominios se extienden al oeste, unos cien kilómetros hasta las tierras del Magdalena Medio y antiguamente aún más, pues poblados no tan cercanos como Él Hato o Santa Helena del Opón, estuvieron bajo su cobijo. Su iglesia, llena de alegría a mí gusto, pues es de generosa anchura y baja altura y con un altar como el visto en la ya lejana Tópaga,

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 12-nov-2017

    destellando el oro del sol con la madera.

    En pleno ocaso de la Semana Mayor, logré conocer una capilla donde se representaba el Santo Sepulcro y luego para poder descansar, confiado en la cercanía de un destino final, soñado hace décadas por mí, que sólo existía en los relatos de mi bella abuela, pedí licencia al tiempo y a la canícula, para dormir un poco en el quisco de la plaza principal, que por ese momento albergaba algunos visitantes que tomaban fotos y entraban como yo a su templo.

    Lleno de agua obsequiada, mis botellas, que es más rica qué aquella que sabiendo a plástico aún se vende, e inicio el pedaleo por una trocha ondulante y fantástica, donde en medio de su nada y luego de un balneario atestado de risueña gente qué refresca su existencia, puedo a la vera del camino probar algo de frutas, atún y pan, mientras asciendo la vista hacia las serranías y los cultivos de caña por doquier. Aquella villa narrada en los cuentos de juventud de mi abuela, se hace esperar y el camino me encuentra ya con cansancio al pedalear desde el beso de la alborada; ya anhelaba llegar, pero no sin antes degustar la tarde que sólo allí se sabe mostrar dorada y pulcra, como lo prometía una valla que rezaba que allí, era la tierra de los bellos atardeceres.


    La tímida torre de una nevada iglesia antigua, se mostraba entre los árboles que me rodeaban, mientras el primer paisano desde su caballo, me saluda extrañado al ver los atavíos de mi amiga de dos ruedas. Era la iglesia de Chima, donde alguna vez caminaron, sonrieron y existieron aquellos ancestros qué jamás conocí mas que en los relatos de infancia que desde entonces me hacían mella en la curiosidad, que este día se daba el lujo de saciarse, después de centenares de kilómetros de viaje, caminata y pedalear.

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 12-nov-2017

    Disfrutaba palmo a palmo, una a una, sus empedradas calles y casas de tapia pisada, bañadas de cal, entejadas en barro ocre y podía sentir el aire del pasado que se respiraba en cada rincón, mientras la sombra que el ya casi ausente sol, proyectaba de mí en el suelo se quedaba en mi memoria como el trofeo de haber arribado después de toda una vida a las latitudes que albergaron una familia que nunca conocí, pero que desde niño sabía que había pasado por este mundo y que gracias a ella, yo existo. La iglesia con bases de piedra y blanca cima, me resguardaba por un momento y mientras comenzaba a fluir aquella extraña sensación que me atraía a cada lugar que antes en un mapa escogía siempre, antes de ir a él, me hallé solo sentado en la plaza del pueblo, dejando en el último lugar de la lista de prioridades, a la preocupación del sitio para dormir o qué hacer en lo que resta del ya casi finalizado día.

    Aquella sensación de maravillosa paramnesia conflictual entre la memoria y la certeza de que yo no, pero sí familiares directos como mis padres o abuelos, que hayan estado alguna vez allí, me invadía y era justo lo que buscaba de Chima. Es una especie de extraña familiaridad o “Déjà Vu” que imanta mi voluntad y hace que termine yendo a aquellos puntos en el mapa, de manera inapelable, como las abejas a la miel. Sólo unos pocos lugares me han traído esa sensación, sin haber necesariamente albergado a alguien de la familia, pero sí a personas relevantes en mi vida como el querido Profesor Jia Yanping, a quien nunca conocí en persona, pero que desde Beijing, como trabajador de la radio pública china para el exterior, Radio Pekín, siempre me alentó desde mi niñez de radioaficionado, en mi sueño de conocer la lejana tierra de China y de no ver más ese sueño como un imposible.

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 12-nov-2017

    “Ánimo querido oyente, siempre se pueden hacer los sueños realidad, mientras trabajemos duro para alcanzarlos y aquí siempre estará su servidor para cuando venga a China” me respondió en una carta al aire de un programa radial que daba respuestas a los oyentes, hoy ya ausente del éter, como contestación a la única misiva que escribí, siendo oyente de la radio a los doce años y que llega a Beijing tal carta, gracias a la ya casi abandonada tradición de escribir a mano por correo postal. La magia de aquella circunstancia que sentí en el pequeño poblado chimero del corazón de Santander, también aparece sin avisar en la increíble Ciudad Prohibida de Beijing, mientras hacía mi sueño realidad de conocer la gran República Popular China en el otoño de 2014, veintidós años después de haber recibido el primer impulso para ignorar la semántica de la palabra “imposible”, gracias a esa respuesta del recordado Profesor.

    Sabía que ya no podría conocer a mi amigo porque mi viaje fue muy tarde y para entonces, ya habían pasado cinco años desde su muerte, pero increíblemente algo ocurrió en la Ciudad Prohibida; te daban unos auriculares con sensores, que hacían las veces de guía y sí pasabas por un lugar específico, la grabación en los auriculares en el idioma que escogías (Afortunadamente casi escojo él sensor en idioma rumano, pero me decanté por el español) té indicaba automáticamente la particularidad de aquel sitio, estatua, tejado, puente, altar o plaza y allí fue cuando sentí una de las alegrías más inmensas en mi vida, apareciendo este mismo “Déjà Vu” inverosímil que me permitió sentir la presencia de mi amigo profesor, explicándome hasta el último rincón de uno de los lugares más emblemáticos de su país, ya que la voz de las grabaciones, era la del maestro Jia Yanping, qué de cierta forma, con su impecable forma de hablar español, estuvo conmigo, materializando de cierta forma, aquella visión que tuve siendo un niño, caminando con mi amigo, mientras me mostraba lo hermoso del muro de los nueve dragones, el porqué de los animales esculpidos en los tejados, la belleza de los templos, entre infinidad de hermosos lugares de la ciudadela antigua imperial. Momento simplemente mágico e inolvidable.

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 12-nov-2017

    La voluntad se impone al cansancio y me pongo en píe para caminar inexorable hacia una casa del marco de la plaza del pueblito de Chima y veo un señor con mirada amable, al que con mi a veces escasa esperanza le pregunto por la familia Martínez de la vereda de Palencia y es allí cuando con la promesa de responderme en breve, me invita a su casa a sentarme con su hermosa hija, su mamá, su esposa y sus hijos varones a hablarles de este viaje, del porqué el destino final es Chima y no un paraje más turístico y de otros viajes ya pasados, incluyendo el de China.

    También se interesan por lo vivido en Rumania, sus costumbres, idioma y lo que allí viví hasta que regresé de ese otro país amado por mí y luego de esa agradable lluvia de preguntas, de la que no quiero escamparme, mi nuevo amigo me ordena subirme a su motocicleta, dejar mis cosas en su casa resguardadas, para irnos a la Vereda Palencia a recorrer el lugar exacto donde mis bisabuelos y sus hijos, entre ellos mi abuelita María, han vivido y sorprendentemente llegamos a una casita de campo, colgada de una montaña, con una vista espectacular de la serranía de los Yariguíes como jardín, de donde hacía poco había provenido un ya casi extinto oso de anteojos, lo que fue noticia nacional. Allí me presentan con un señor muy amable quien con elegancia y bondad luce un sombrero y una sonrisa y luego de presentarme a su familia, esposa, hijos y hermosos nietos, de un golpe se levanta de su silla y me demuestra que es sobrino de mi querida abuela María. No podía contener la emoción cuando al ver el álbum de fotos, me ha mostrado aquellos rostros de apellido Martínez que nunca conocí, pero que hoy evocaba de la manera más hermosa y emocionante. De regreso en la noche al pueblo, después de ver tan impresionante lugar y con la promesa de volver, llegamos justo a la misa de bendición del fuego y la luz, en donde pude agradecer el inicio, transcurrir y fin de este viaje que no era otro que aquel preciso momento en aquella eucaristía. Como siempre, no todo salió como esperaba en esta aventura de siete días; la vida me sorprende una vez más y todo sale mejor, Mucho Mejor.

    El viaje por ahora ha terminado (...)

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 12-nov-2017

    Gracias por sus comentarios amigos...Profe, hay que volver a rodar, gracias por toda esa gran compañía

  • Foto di Oscar Upegui

    Oscar Upegui 12-nov-2017

    Que buena crónica DXMARIUS, sos todo un poeta, que manera de escribir, felicitaciones por toda esta inspiración al narrar esta travesia, excelente que hayas podido cumplir el sueño de visitar china bajo la orientación y animación de quien siempre te animo a soñar y a luchar, le echare un vistazo a la otra ruta que mencionaste al principio.
    Saludos Compañero un honor calificarte la ruta.

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 12-nov-2017

    Gracias mi estimado Oscar, un abrazo y ojalá un día se deje ver para hacer una buena ruta en Antioquia o por estos parajes. bendiciones

  • S. LENGERKE 12-nov-2017

    Un maravilloso relato, una gran experiencia, con ese detalle de tu narración incitas a querer realizar esta fabulosa aventura, no es necesario atravesar fronteras para disfrutar de excelentes paisajes que traen consigo grandes historias, algunas escondidas y otras que vale la pena dar a conocer como lo has hecho. Te felicito.

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 14-nov-2017

    Gracias por tomarte unos minutos para leer la historia y valorarla, un abrazo

  • Foto di Josep Mª Dalmau

    Josep Mª Dalmau 21-gen-2018

    Excelente travesia DXMARIUS para descubrir estos bellos lugares muy escondidos y a la vez preciosos, tambien con una muy buena descripción y un gran reportaje fotográfico por todo ello digno de la mejor valoración.
    Gracias por compartirlo.

  • Foto di DXMARIUS

    DXMARIUS 21-gen-2018

    Muchas gracias querido amigo. En este momento estoy haciendo un pequeño recorrido. Le deseo muchas buenas rutas.

  • Foto di diegono

    diegono 16-set-2018

    Ufffffff qué envidia hermano que recorrido tan bonito. Mucha cultura y unos.paisajes naturales de locos

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